La gran estafa del general Macgregor – Hechos Criollos

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En 1817, una misión militar encabezada por el general Gregor MacGregor logró tomar posesión de la isla Amelia, una extensión geográfica que formaba parte de la Provincia de Florida, territorio del Imperio Español. Florida dependía entonces, en lo administrativo, de la Capitanía General de Cuba. La iniciativa contó con la participación el corsario francés Luis Aury y otros destacados personajes del proceso independentista venezolano como Pedro Gual, Luis Brión, Lino de Clemente, Juan Germán Roscio y Agustín Codazzi.

La Conquista de Florida y El Reino de Poyais

La gran estafa del general MacGregor

El carácter oficial de esta campaña militar siempre ha estado en entredicho pues no existe una documentación oficial que confirme la aprobación de Bolívar a esta operación, muy por el contrario, se sabe de los esfuerzos del gobierno de Colombia para deslindarse de tal operación. La expedición estuvo integrada por tres batallones compuestos principalmente por norteamericanos interesados en tomar el  control de la zona, y solo un tercio de los soldados lo conformaban mulatos e indígenas libertos y mercenarios. La invasión de la isla se dio sin ninguna resistencia por parte de las pocas fuerzas españolas apostadas en la zona.

De acuerdo a algunas crónicas de la época, la conquista de la fortificación española fue celebrada efusivamente por los invasores y particularmente por MacGregor quien tenía la intención de hacer una gran algarabía de su conquista militar. Este siempre tuvo la tendencia de adjudicarse títulos y posiciones militares y nobiliarias que no poseía. Desde su llegada a Venezuela en 1811, MacGregor se había autoproclamado Caballero de la Orden de Cristo de Portugal, título que realmente nunca ostentó.  

Luego de adquirir posesión del sitio, el comandante escocés tomó la decisión de abandonar a su suerte a los soldados que integraban la expedición. La misma acción fue repetida más adelante, luego de encabezar las fallidas conquistas de Riohacha y Portobelo en 1819. MacGregor, antes de la campaña, mandó a acuñar medallas conmemorativas de la invasión militar e incluso ordenó la emisión de billetes que solo circularían en la fracasada República de Florida. Este habilidoso líder militar logró convencer a los mercenarios que integraron la campaña mediante el ofrecimiento de bonos de tierras y títulos inmobiliarios sobre un territorio que aún no se encontraba conquistado.

Para finales de año, el presidente de los Estados Unidos de América James Monroe ordenó al general Andrew Jackson (futuro presidente de USA 1829-1937) dirigir la operación con el objetivo de expulsar a los invasores de la isla. Al llegar a la isla Amelia ya las fuerzas invasoras se habían retirado, dando por terminado el sueño conquistador de la Florida.

Posterior a los fracasos de Riohacha y Portobelo, MacGregor fue declarado por Simón Bolívar como un traidor a la patria, lo que dejó pendiendo sobre su cabeza una posible condena a muerte si se atrevía a pisar nuevamente territorio venezolano.

A partir de 1820 la historia de este controversial personaje se torna sumamente extravagante, pues ese año arribó a la bahía de Mosquitos en la actual Honduras, un territorio que había sido colonia británica entre 1680 y 1768 y que se encontraba abandonado por ser una zona pantanosa con características climatológicas profundamente hostiles para el desarrollo de la vida; era una región azotada constantemente por tormentas, huracanes y plagas inclementes.

En dicha bahía MacGregor se topó con un personaje que se proclamaba Rey de la Nación Mosquito, cuyo nombre aparentemente era George Frederick II. No se tiene ninguna certeza sobre el origen de este rey, pero aparentemente pudo tratarse de un cacique indígena de la zona. Este extraño gobernante le entregó a MacGregor una extensión territorial de 8 millones de acres a cambió de un cargamento de ron y joyas. El trato quedó estipulado en un documento que el militar llevó consigo a Londres en 1820.

La llegada de MacGregor a suelo inglés coincidió con la coronación del rey Jorge IV, y en medio de las festividades, el militar escocés arribó a la ciudad con gran pompa y en compañía de una corte, luego de hacer una gran inversión en vestuarios para él y toda la comitiva, entre la que se encontraba su segunda esposa Josefa Aristeguieta de MacGregor, sobrina de Simón Bolívar. 

A partir de este momento comenzó una impresionante labor de relaciones dentro de la sociedad londinense cuyo objetivo era promocionar un reino ficticio llamado Poyáis, del cual MacGregor se designaba príncipe heredero y representante plenipotenciario. Esta tarea de propaganda lo colocó en un punto tal, que logró entrevistarse directamente con el Rey de Inglaterra, quien a su vez terminó nombrándolo Caballero y representante del Reino de Poyais en Inglaterra.

La audiencia con el rey estuvo respaldada por la relación entre MacGregor y un reconocido banquero de la época llamado John William Richardson, que a su vez fue condecorado por el escocés con el supuesto máximo honor del Reino de Poyais y además nombrado principal representante de su Majestad el Príncipe Serenísimo de Poyáis ante el Reino Unido de la Gran Bretaña, Escocia, Irlanda y Gales. A pesar de las serias dudas y reservas que despertaba la supuesta legalidad del Reino de Poyais en la sociedad londinense, MacGregor tuvo una encomiable habilidad para despejarlas y  demostrar siempre grandes habilidades intelectuales a la hora de sortearlas.

Siguiendo con la estafa, el escocés creó la legación de Poyais en Londres y luego abrió sucursales de la misma en Escocia, sitio que fue el epicentro de la estafa que logró consumar. Para acrecentar la credibilidad en su falso reino, llegó al punto de componer música tradicional de Poyais y contrató músicos para tocarla en las calles de Londres. Además diseño uniformes, banderas, blasones e incluso una detallada estructura nobiliaria. Luego procedió a vender la idea de que Poyais no solo era un territorio lleno de bondades naturales, sino que incluso poseía grandes valores artificiales, como una gran ciudad bautizada Saint Joseth, que entre otras cosas poseía un gran castillo, palacio, edificio del parlamento, teatro de la ópera, varios puentes y catedrales. Asimismo argumentaba que el clima era perfecto, a tal punto que era posible alcanzar tres cosechas de maíz al año, obtener oro en los ríos de forma sencilla y además abundaban los peces para el consumo. A los incrédulos, MacGregor recomendaba la lectura de un libro llamado “Sketch of the Mosquito Shore”, escrito por un tal Thomas Strangeways, que no era más que un seudónimo del propio MacGregor. Era un libro de 355 páginas en donde se describían las bondades de un reino inexistente.

Fue un plan de estafa sumamente elaborado y detallado que contó con la ayuda de expertos colaboradores e incluyó sobornos en distintas esferas administrativas inglesas. Para dar un mayor rango de legitimidad y legalidad a su campaña creó a través de una tercera persona la John Perry Company, que se convirtió en un ficticio socio comercial que abalaba los negocios con el reino de Poyais. 

MacGregor comenzó a vender bonos de deuda y certificados de tierra que realmente representaban lo mismo; ambas figuras se comercializaban con un valor de 2 dólares por acre de tierra y se encontraban respaldadas por las tierras del Reino de Poyais. Estas ofrecían un rendimiento abismal del 6 por ciento anual y estaban redactadas con una minuciosidad legal admirable, que incluso los documentos reales de la época carecían.

Los bonos emitidos poseían la firma de John William Richardson, mientras que el nombre de Gregor MacGregor únicamente se encontraba impreso, lo cual constituyó una sutileza técnica que lo ayudó a salvarse del posterior juicio. De igual forma emitió billetes sin ningún respaldo que intercambió por dinero británico a las personas que planeaban desplazarse a Poyais.

Mientras la estafa avanzaba, MacGregor tomó la decisión de adquirir siete barcos con el propósito de trasladar a aquellas personas interesadas en emigrar hacia el inexistente Reino de Poyais. Para la época, la idea de emigrar hacia nuevos parajes estaba perfectamente arraigada en la mente de los británicos, especialmente en los escoceses, pues estos tenían el sueño frustrado de colonizar nuevos territorios.

Un ancestro del propio MacGregor habría sido protagonista durante el fallido intento de Escocia por colonizar la región del Darién en Panamá. El falso príncipe de Poyais centró el epicentro de su estafa en la población escocesa, pues sabía que aprovechando el sentimiento de frustración de estos lograría un mayor éxito en sus aspiraciones. También enfocó su atención en personas de la clase media, no así en familias de clase alta, lo cual ayudó a evitarle inconvenientes mayores. Encauzó los esfuerzos hacia personas de la tercera edad con los ahorros de su retiro y en familias recién formadas con pocos hijos.

Una vez reunidos los siete barcos que transportarían a los futuros colonos, comenzó el traslado, no sin antes demostrar generosidad al exceptuar del pago del pasaje a los niños que abordaron, y de acompañar en alta mar a las embarcaciones durante dos días, luego de su salida del puerto de Londres.

El primer barco en arribar a Honduras llegó en horas de la noche y decidieron esperar al amanecer para ser recibidos por los representantes del reino. Al no ser acogidos por ninguna autoridad, los tripulantes de la embarcación concluyeron que habían llegado a un punto geográfico equivocado. El capitán tomó la decisión de dar una vuelta por la zona para luego ratificar que ese punto inicial era el sitio correcto de destino. El encanto demostrado por MacGregor durante todo el proceso de la estafa fue de tal nivel, que los nuevos colonos frente a las costas de Honduras, lejos de entrar en pánico, seguían creyendo en la existencia del Reino de Poyais. 

De los siete barcos que zarparon desde Londres, únicamente arribaron dos, los otros cinco fueron interceptados y enviados de nuevo a su punto de partida. La población de los dos barcos era de aproximadamente 260 personas entre las cuales había familias enteras, médicos e ingenieros, realmente una importante dotación humana que podía establecer las bases de una colonia. Al poco tiempo de arribar llegó a las costas un huracán que como consecuencias hundió uno de los barcos e hizo que el otro se perdiera en alta mar. Posteriormente apareció la temporada de lluvias y surgieron graves enfermedades entre los nuevos residentes como la malaria y la fiebre amarilla, que ocasionaron la muerte de aproximadamente dos tercios de los colonos estafados, que incluía niños y ancianos enviados a la muerte por el elaborado fraude del general MacGregor. Incluso existe una triste historia sobre un zapatero que fue nombrado por MacGregor zapatero real y que al llegar a las costas y verse engañado optó por el suicidio mediante un disparo en la cabeza.

Nos existe un consenso preciso sobre las intenciones reales del general escocés y su estafa del Reino de Poyais. Se puede especular que realmente quería establecer una verdadera colonización del territorio pero no se puede comprender la naturaleza de sus actos. Solo un tercio de los viajantes que desembarcaron pudieron ser salvados y trasladados a Belice, e incluso una parte de estos se quedaron allí, pues no contaban con los recursos necesarios para regresar a la Gran Bretaña. Es importante destacar que muchas de estas familias invirtieron toda su fortuna y ahorros en bonos y dinero del Reino de Poyais.

Al momento de descubrirse el fraude ejecutado por McGregor, este había huido hacia Francia, donde inició nuevamente con todo el proceso de su rentable estafa.

El 8 de julio de 1824 la Gran Colombia emitió un comunicado aclarando que el Reino de Poyais no existía, y que el general Gregor McGregor no tenía ningún tipo de representación de la República de Colombia pues este continuamente se presentaba con un título falso de Brigadier General de la Provincias Unidas de Nueva Granada y Venezuela y General en Jefe de las dos provincias.

En Francia creó múltiples compañías que le servirían de fachada para la venta de sus acciones, todo esto amparándose en una creencia de impunidad que le acompañaba siempre. De hecho, se atrevió a regresar a Londres en 1827 donde fue enjuiciado y posteriormente liberado de las acusaciones. Existen un par de teorías que sostienen que fue absuelto de los cargos por los altos contactos que poseía en las cortes penales, mientras que otros sostienen que únicamente se debió a su alta graduación masónica. 

A su regreso a Francia, luego de su juicio en Londres, fue encarcelado por un año y nuevamente liberado. Permaneció allí durante siete años más, manteniendo la farsa de que era el príncipe de Poyais con toda la pompa y los lujos que esto acarreaba. Esta insostenible situación terminó por hacerlo perder todo el  dinero que poseía.

En 1838 enviudó por segunda vez y decidió regresar a Venezuela un año después, luego de intercambiar misivas con Soublette, quien optó por perdonarlo de la acusación de traición a la patria. Al establecerse de nuevo en el país se le reconoció su rango militar y se le otorgó una pensión vitalicia con pago retroactivo. Los últimos años de su vida los pasó alejado de la vida política, dedicado a la producción de seda en forma artesanal, hasta que murió, casi ciego, en 1845, sin haber pagado por todas las desgracias que ocasionó.


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