Sudor y furor para la remontada de Trump

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Enviado especial a Ocala (Florida)
Actualizado:18/10/2020 02:50h

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«Francamente, si votas demócrata eres un idiota». Shannon Thompson está caliente, como la brea de la pista de aterrizaje en Ocala (Florida), donde en pocos minutos se mecerá el Air Force One, el avión presidencial de EE.UU., con Donald Trump dentro. A Thompson, como a las miles de personas que han venido hasta aquí a ver al presidente, le corren ríos de sudor por las arrugas del cuello. La camiseta negra -una imagen de Trump disfrazado de Rambo por detrás y una panza enorme por delante- no ayuda. Tiene más enfado que entusiasmo. «Los demócratas mienten sobre todo, quieren imponer el socialismo», dice en una de las razones que más se escuchan entre los asistentes. «Y las encuestas están equivocadas, al cien por cien», añade. «¿Cómo es posible que en un evento como este haya 15.000 o 20.000 personas y en uno de Joe Biden, solo veinticinco?», cuestiona.

Quizá tenga que ver con que el candidato demócrata sigue, hasta el extremo, las precauciones por Covid-19. Pero es innegable que la energía que se ve en Ocala es inalcanzable para Biden. Lo reconocen hasta los propios demócratas. «No me esperaba esto», confiesa Kathleen Johnson, una seguidora de Biden, en la diminuta concentración demócrata a las afueras del aeropuerto. El mitin de Trump se convocó hace dos días y pasa delante de ella una marea ‘trumpista’, con gorras rojas de ‘Make America Great Again’. Los demócratas son una docena de personas. «Se explica porque hay mucha ignorancia», dice Johnson, pero concede que «la cantidad de gente que ha venido es sorprendente».

Ventaja mínima de Biden

Ocala, hora y media al Norte de Orlando, es un bastión de Trump en el estado más decisivo para las elecciones. Si el presidente pierde Florida -las encuestas dan aquí una ventaja mínima a Biden- sus opciones para la reelección son casi inexistentes. Su posición es más débil en otros estados clave, como Pensilvania o Michigan. E incluso tiene que redoblar los esfuerzos en otros donde hasta hace poco era impensable que perdiera, como Georgia o Ohio.

Entre los incondicionales de Trump, sin embargo, la remontada ni se cuestiona. «Gana sin duda, por donde quiera que va es como aquí», dice Joan Polizzi, una jubilada de Nueva York, que se deshace en elogios hacia su héroe: «Nunca miente. Es un hombre fantástico y un fantástico presidente». Con el paso de los minutos, las nucas enrojecen con un sol que no perdona y los ánimos se caldean. Polizzi dice que Biden es «un criminal, un mentiroso, se le olvida todo, es demasiado viejo para el cargo». Cerca de ella, Roger Beamon, con pantalones cortos y camiseta de tirante a juegos con las estrellas de la bandera del país, añade sobre Biden que es «asqueroso que alguien con demencia quiera dirigir el país».

Roger Beamon
Roger Beamon – J. Ansorena

Los seguidores de Trump suenan al propio Trump y a los mensajes que repiten los presentadores de noche de Fox News. Ellos, claro, también responden que los demócratas solo se creen lo que cuentan «los idiotas de ahí arriba del ‘The New York Times’», como dice Beamon mientras señala a la tribuna de prensa.

Sin mascarillas

También repiten lo que quieren: menos impuestos, más ley y orden, que no les toquen las pistolas y que no les controle el Gobierno. Empezando por las restricciones del Covid-19, que aquí son inexistentes. Es difícil encontrar alguien con mascarilla en la muchedumbre. La única medida es que se toma la temperatura a la entrada del mitin (lo que no impide el paso de posibles contagiados asintomáticos). Hay mucha gente mayor y muchos kilos de más. Todos se apelotonan para estar cerca del escenario.

El clímax llega con el aterrizaje del Air Force One, con más júbilo que la llegada de los Beatles. Solo que el avión presidencial se pasea al son de «Macho Man», de Village People, en el asfalto.

«Vamos a tener una marea roja como no se ha visto nunca», proclama Trump ante el júbilo colectivo

Trump y su melena amarilla emergen y solo hay gritos, porque las manos están ocupadas con los teléfonos móviles. «Vamos a tener una marea roja como no se ha visto nunca», proclama Trump ante el júbilo colectivo. Al presidente se le ve en forma, encantado de estar en el medio que mejor se mueve. Nadie diría que tiene 74 años y que estuvo hospitalizado hace diez días. Intercala ocurrencias en las líneas básicas de su discurso -la izquierda radical, la mejor economía de la historia, la corrupción de la familia de Biden-, conecta con el público, teatraliza.

Trump acaba por tumbar al respetable. Habla durante hoy y media, con traje, corbata y camisa, y la cara abrasada por el sol, sin sorber una gota de agua. Abajo, las camillas van y vienen sacando a personas con insolación. La pantalla gigante en la parte trasera del escenario acaba despoblada y los que quedan están sentados, derretidos.

El presidente se despide con su baile de ‘YMCA’, otra vez Village People, y los asistentes se van fascinados. Trump tuvo su marea roja en Ocala. Ahora necesita que se recree en las urnas. Mañana empieza la votación anticipada en Florida.

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