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El mal no tiene la última palabra – @BernardMonk #Mérida


«El mal en forma de sufrimiento, dolor y empobrecimiento, está ahí; no podemos negar su realidad, quizá tampoco explicarla del todo, pero sí nombrarla y, en lo posible, desenmascararla. Así, pues, ¿qué hacer ante el mal que nosotros mismos realizamos y ante el que somos co-responsables en  nuestra aldea global? Queda mucho por hacer; y a tal fin es preciso dotarnos de lucidez para dar nombre a las cosas, para descubrir nuestras propias posibilidades, para ir más allá de la inercia catastrofista o evasiva» Luis A. Aranguren Gonzalo. Filósofo, miembro de Caritas. Instituto E. Mounier

«Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando parecen grandiosas e invencibles» Juan Pablo II

Tras meses de esperanza, impresionante cohesión y organización nacional para  acabar con la usurpación que sigue sembrando tantas angustias, un evento de naturaleza supuestamente tecnológica (aunque profundamente política también), impacta negativamente a los venezolanos.

El más reciente episodio de una tiranía inepta en todo, salvo en aferrarse empecinadamente al poder, asombra al mundo al permitir más de cien horas de interrupción del fluido eléctrico en la totalidad del territorio venezolano. Hogares, empresas y servicios de salud retrocedieron al siglo XIX cuando dos décadas de barbárica desidia se las arreglaron para anular uno de los más valiosos bienes de la Venezuela productiva, que  desde 1965 nos ha llenado de orgullo: la represa hidroeléctrica del Guri, una de las mayores obras de su género en América del Sur. El colapso de este sistema, asociado al deleznable estado de la red territorial de electricidad en este momento, afectó a millones de familias en sus casas, a miles de pacientes dependientes de un mínimo nivel de avance terapéutico en hospitales y clínicas, y a todas las empresas que perseveran en atender las necesidades de toda la nación, mientras condenaba todo el territorio al silencio casi total de toda forma de comunicación a distancia.

En primera persona podemos describir la siniestra tensión que se apoderó de Venezuela, al desconocer no solamente causas de este catastrófico evento, sino el estado de amigos y familiares, o lo que pudiera estar sucediendo en la ciudad y en el país. Obviamente, el impacto moral de este repentino (aunque en absoluto inesperado) colapso, y sus  efectos, para los venezolanos, se ha hecho sentir como un contragolpe al buen ánimo que ha embargado al pueblo venezolano en lo que va de año.

El prolongado apagón nacional, que en algunas localidades se extendió por más de 130 horas, actuó como un bloqueo militar, un asedio brutal para causar la rendición del país.

En Venezuela, muchos consideran que el Mal, con mayúscula, prevalece invencible sobre nuestro destino.

Urge salir del resignado pesimismo, para retornar a la acción. Una manera de “descubrir nuestras propias posibilidades, para ir más allá de la inercia catastrofista o evasiva”, como escribe Luis Aranguren, es pasar revista a nuestros recursos como pueblo. Y una evidencia de tales recursos acaba de pasearse en esas redes que a menudo espolean el fatalismo: la palabra “GURI”, en su portentoso significado.

Soberbia obra del ingenio humano, fue concebida y construida en Venezuela, en cinco años, para dotar de energía eléctrica a gran parte de la familia venezolana y para movilizar uno de los mayores proyectos de producción de insumos industriales en el mundo: las empresas básicas, procesadoras de bauxita y hierro, proporcionando incontables toneladas de aluminio y acero desde su inicio. Sólo las empresas petroleras pueden comparársele en dimensión y alcance, logrados con una mística de trabajo que perpetúa la devoción, firmeza y rectitud de Leopoldo Sucre Figarella, uno de los venezolanos cuya memoria debe exhibirse ante los ojos de escolares, estudiantes y público general.

Como Pérez Alfonso, organizador de Petróleos de Venezuela y artífice de la OPEP, y Luis Lander, gestor audaz del Metro de Caracas, la memoria del llamado Zar de Guayana muestra que no se necesita ejército para poner una nación en ruta hacia la libertad, cuando el heroísmo civil ocupa la primera fila de la historia. Para estas figuras, hoy casi olvidadas, la palabra imposible estuvo prohibida frente a la certeza del bien por lograr y de la capacidad yacente en la gente de su tierra. Fueron venezolanos de fe.

Como ellos, no podemos menos que buscar el sentido trascendente de la realidad, saliendo del círculo cerrado de prejuicios, pesimismos y falsas ilusiones. Abrirse a la esperanza, que es “en sí misma, apertura a la realidad total. Esperar -decía Gabriel Marcel- es darle crédito a la realidad. Esperar que el bien triunfará sobre el mal es poner alma, corazón, acción y pasión, en tal empeño”, concluye L.Aranguren. La historia nos reclama ese empeño.

Por. @BernardMonk

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